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El Postmodernismo y la Globalización en la Misión de la Iglesia

El presente estudio busca orientar sobre los nuevos tiempos que nos ha tocado vivir, y que, en cierta manera, nos perturban y confunden. Por un lado, están los adelantos tecnológicos que ponen al alcance del hombre el bienestar material, y la rapidez del proceso que sólo era una quimera hace unas pocas décadas atrás. En el otro, y de manera contradictoria, está el desencanto del mismo hombre al descubrir que las grandes propuestas humanistas que acompañaban la modernidad sí se quedaron en quimeras. 

Este abismal desarrollo tecnológico tiene como ‘punta de lanza’ el avance en las ciencias aplicadas a las comunicaciones y al transporte, lo que ha convertido a nuestro planeta azul en un pequeño condominio al que le hemos puesto el sugestivo nombre de “Aldea Global”. Lamentablemente, este acercamiento global no es uniforme. La cercanía no ha reducido las desigualdades, sino que en muchos casos ha generado su intensificación. El nacimiento de una súper cultura global, hija de la Posmodernidad, y que viaja en los ultra tecnologizados vehículos de globalización, está produciendo un sentimiento de inestabilidad y superficialidad en las mismas bases de las culturas locales, que ven como se desintegran sus tradiciones, en unos casos, y se fanatizan y se fundamentalizan, en otros. Lo claro es que no hay sociedad que pueda permanecer imperturbable a su paso. Y lo más seguro es que tanto la Globalización como la Posmodernidad vienen para quedarse. Como afirma José Joaquín Brünner: 

“Y ningún sitio podría ser más remoto que Makran, en la provincia de Beluchistán de Pakistán’, escribe el comisionado de ese lugar. ‘No obstante, las películas extranjeras más recientes están a disposición de cualquiera a través del milagro de los generadores que funcionan con diesel y de la reproducción de videos, que se encuentran entre las primeras posesiones de aquellos que se pueden dar el lujo de adquirirlas. [...] En Makran, los valores tradicionales son coetáneos con los más modernos; la era de Alejandro corre paralela a la era posterior de Mcluhan” 1

Las religiones y la espiritualidad también están conociendo de sus embates. El hombre contemporáneo al morir a sus expectativas modernistas está tratando de resucitar su espiritualidad. Sin embargo, es una espiritualidad secular, estética, subjetiva, emocional, sincrética, ausente de contenido y de propósito, sin más propósito que la auto-gratificación, el gran signo de la posmodernidad. 

Las instituciones religiosas occidentales no están en la agenda espiritual del hombre posmoderno. Ellas han sido cuestionadas de raíz, reinterpretadas y colocadas en un museo como instituciones e ideas caducas. Las reacciones de las iglesias han sido diversas: Muchos han claudicado en mantener la fidelidad al evangelio por la popularidad o los métodos novedosos. Otros, simplemente se han encerrado en sus propios caparazones, creyéndose portavoces de una verdad que el mundo ya rechazó. Muchos más, simplemente han caído en el cinismo, arropados por los nuevos “evangelios” que el mundo saca al mercado con cada nuevo día. John Stott escribe en su libro “El Cristiano Contemporáneo”: 

“Esta impresión, de que el cristianismo es algo remoto, obsoleto y carente de actualidad está muy difundida. El mundo ha cambiado de manera dramática desde los tiempos de Jesús, y sigue cambiando a una velocidad cada vez más sorprendente. La gente rechaza el evangelio, no necesariamente porque crea que es falso, sino porque no encuentra resonancia en ella. ¿Puede la Iglesia superar el desafío de la modernidad? ¿O ha de sufrir el ignominioso destino de los dinosaurios, igualmente incapaz de adaptarse a un medio cambiante, para terminar extinguiéndose?” 2

Más allá de nuestras posiciones eclesiásticas y las batallas perdidas o ganadas, nosotros nos dejamos llevar por las palabras del fundador de la Iglesia, Nuestro Señor Jesucristo, quien dijo: “… y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella” 3. El fundamento y el sustento de la iglesia está firme, pero ante esta situación la iglesia entra en crisis. Pero no es un trance destructivo, sino de definiciones, de cuestionamientos, de preguntas y respuestas que la deben llevar a enfocar su misión y su tarea pastoral desde un novísimo escenario: El Siglo XXI. 

La Iglesia debe evaluar y estudiar el terreno y la influencia de los dos más grandes fenómenos de nuestro tiempo: la globalización y la posmodernidad. Y sobre este nuevo escenario la iglesia está obligada a reconocer y asumir los nuevos desafíos para seguir cumpliendo su milenaria misión. El hombre posmoderno sigue formando parte de la gran humanidad de todos los tiempos que tiene en la obra sustitutoria de Jesucristo la fuente eterna para que su vida pueda tener trascendencia y significado.

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